sábado, 13 de diciembre de 2014

¡¡María es Importante!!


(Lucas 1:46-56)


De acuerdo con las Sagradas Escrituras judeocristianas la madre del Cristo fue una joven que vivía en una pequeña aldea de Galilea, Nazaret. Nada se nos dice de sus padres, aunque algunos creen que una de las líneas genealógicas que aparecen en Mateo y Lucas podrían darnos por lo menos el nombre de su padre, y con él los de sus ascendientes.

“Mariam,” como la llama el texto griego, era una mujer de fe. Aunque nunca el Nuevo Testamento se detiene a darnos la edad de ella, sí insiste que era una joven casadera. Las palabras y la actitud reflejada en ellas cuando responde al mensajero quien trajo el anuncio de que ella daría a luz al Salvador, nos hablan bastante de ella. Es por su propio testimonio que creemos que lo que la tradición romana a hecho de ella la distorsiona a tal punto que es difícil reconocerla. Esa María, a la que se le canta y se le llama “reina del cielo,” y “patrona de Latinoamérica,” es otra completamente diferente a la que las páginas del Nuevo Testamento nos describen. 




MARIA NOS RECUERDA A ENGRANDECER SOLO A DIOS

¿Por qué decimos eso?

Fíjese como María responde a su pariente Elizabeth cuando ésta parece alabarla como la “madre de mi Señor.” Inmediatamente María responde  y hace que la atención no se centre en ella sino en Dios. Este es el inicio del famosísimo “Magnificat,” un salmo con profundo contenido que ella le canta a Dios. Es como si en otras palabras, María le dijera a Elizabeth y a nosotros, si hay alguien a quien tenemos  que alabar es solamente a Dios.

La forma en que ella misma se describe cuando se mira a la par de lo que Dios le ha hecho es importante también. Solo en el primer versículo (46) lo llama Señor, Dios y Salvador. Esta manera de hablar no sólo nos dice de la profunda devoción con la que María ve a Dios, sino que además lo coloca como el verdaderamente importante en todo lo que aquí acontece. Lo llama “Señor” (Kirios) para hablar de su gobierno, él es el único Rey (1:32). Lo llama Dios porque aparte de él, inclusive ella, somos criaturas incomparables a él. Lo llama también su Salvador—interesantemente en el contexto el que “salvará a su pueblo de sus pecados” es Jesús. Lo llama “mi Salvador” como para recordarnos que ella se incluye dentro del pueblo que necesita ser salva. Se necesitaría una gimnasia casi de ilusionista para olvidar esta característica que María dice tener. Y eso es exactamente lo que vemos que  la tradición romana hace cuando llega a esta parte de la Escritura.



 MARIA NOS RECUERDA LA VERDADERA ACTITUD QUE DIOS BUSCA

Cuando se trata de hablar de ella, María no sólo se describe como una persona que necesita de un salvador personalmente (“mi”), sino que también se describe en términos que nos sorprenden, especialmente cuando consideramos los que algunos hoy en día dicen de ella. Habla de su “bajeza” (48) y de ser “su sierva.” La palabra que se traduce “bajeza” (RV60), es la misma que más adelante se podría traducir como “humildad,” “pobreza,” “pequeñez,” etc. Y describe a una persona que reconoce su verdadera condición delante de Dios. Dios ha visto esta condición, dice ella, en una clara expresión hebrea. Dios “mira” a su pueblo cuando va a bendecirlo a pesar de su pequeñez.

Asimismo, María se considera “sierva” de Dios, aquella que no es la que está en control sino que se sujeta al control del amo de la casa. ¡Excelente forma de hablar de cómo María ha asumido su deber de servir al Señor al traer al hijo de Dios a la vida humana. Esto, dice ella, le producirá una felicidad permanente. La frase “me dirán bienaventurada” debe entenderse en el contexto en el que Elizabeth la ha llamado “bienaventurada.” Elizabeth ha sido la primera en reconocer la felicidad que Dios le ha causado al permitirle servirle como madre de Jesús. “Ser bienaventurada” no es una cualidad de María en sí misma. Para entenderlo mejor, deberíamos decir que “ser bienaventurado” se aplica a  aquel que es dichoso, y más exactamente, a aquel a quien Dios lo ha hecho dichoso. Esta es María. Si a aquella virgen del primer siglo le hubiéramos preguntado como quisiera que la llamáramos, si preferiría “reina del cielo” o “sierva de Dios,” nos miraría con extrañeza extrema por la mismas opciones planteadas. Quizá diría que estamos desvariando, no importa cuánto la aduláramos. Sin lugar a dudas ya sabemos lo que nos contestaría. Es esta condición de sierva, la que la hace ser feliz, y no otra.

Es así que María es un ejemplo insuperable para nosotros. Ella es aquella que sumisamente, como sierva, obedece la palabra de Dios, y no otra cosa. Que triste que tantos hoy, quizá sin darse cuenta, quieran quitarle esa dicha a María al asignarle funciones y características que la Palabra de Dios no le asigna. 

MARIA NOS RECUERDA LAS GRANDEZAS DE DIOS

El canto no termina allí, pues María seguirá hablando de Dios, ese es el punto del salmo, de la Escritura y de nuestra vida. María nos enseñará también a centrarnos en las grandezas que Dios nos hace. Se engrandece a Dios (46) por las cosas grandes que él ha hecho (49), por las “proezas de su brazo” (51).  En ningún momento, María pierde de vista el centro de la adoración del pueblo de Dios.  Israel y sus patriarcas son siervos de Dios también (54). Para ellos y para nosotros el Dios de María es un Dios que es tres cosas:

1. El es el Poderoso (49), el que tiene el poder para desbancar a los que en la tierra detentan el poder, los que poseen los “tronos” políticos, económicos, y religiosos. Muchos han mantenido estos tronos porque las multitudes los sostienen. La tradición ha levantado tronos mitológicos que ahora pretenden tener mucho poder. Miles de personas son haladas a sus catedrales y basílicas, y así mantienen un mundo lleno de tinieblas e injusticia, donde los más pequeños son abusados y destruidos. María es una de esas personas—la misma palabra que en el verso 52 se traduce “humilde” es la misma que se ocupa para hablar de “bajeza” en María (48). Los mismos que violan a muchos niños pequeños, son los mismos que violan la identidad de María, queriéndola hacer participe de su corrupto poder que Dios tarde o temprano quebrará. Dios, el poderoso, cuando se levante los tirará al suelo (52).

2. Dios es el Santo (49). No existe nadie más que debe llevar este adjetivo de forma absoluta, es el nombre de Dios. A nadie más se le debe llamar “santísimo” o “santísima.” La adoración de Dios nunca se debe separar de esta cualidad divina. No se puede decir que se adora a Dios cuando se le desobedece. No se puede decir que se le canta a Dios, como lo hace María, cuando nuestras vidas después del culto simplemente lo ignoran. Dios es Santo porque él es mucho más que el “santo” a quien lo dejamos en la capilla, en una escultura o en una pintura. Dios es Santo porque no se le puede manipular, haciéndole pensar que lo alabamos cuando nuestras acciones soberbias no se someten a él. Mucho culto de la cristiandad se ha olvidado de esta lección que María nos da. Para todos aquellos que les es fácil y disfrutable hacer de Dios un rito al que le podemos dedicar un salmo romántico mientras vivimos soberbiamente en indiferencia a su palabra, es bueno recordar las palabras de María: “Dios desbarató” los pensamientos de los soberbios (51 NVI).

3. El es Misericordioso. Es increíble que muchos piensan que buscan a María porque ella sí los entiende. La imagen que tenemos de Dios es la de alguien frio y distante. Por el contrario, María misma nos enseña que Dios “extiende su misericordia” a los que le obedecen—temen. La gran bendición que la hace dichosa hace que María nos diga que Dios es bueno y que no sólo a ella la ha bendecido. Su bendición es “de generación en generación,” y lo hace con todos los que le temen (50). Esto de “extender su misericordia” nos recuerda el tierno cuidado del ave que cuida de sus polluelos (Salmo 91), o el de la Madre que nos lleva en su seno materno (Isaías 66). Dios no necesita ser María para ser madre, él es misericordioso eternamente. El es el que nos alimento en la boca (53; comp. Salmo 91). Es el que “acude” a ayudarnos (54-55 NIV), “para siempre” (55 NVI). Cuántas veces su bondad se la hemos atribuido ignorantemente a otro u otra mortal, y aun así sigue bendiciéndonos! El mensaje de María es claro si queremos oírlo, es él quien es misericordioso y nos ayuda. Pensemos en él y no en otro…

CONCLUSION

Sí, María es importante. (1) Ella nos recuerda a engrandecer a Dios nuestro único Señor y Salvador. Nadie más debería ocupar este lugar. (2) Ella nos enseña y personifica la verdadera actitud que Dios busca en todo ser humano. Incluyendo María, Dios busca personas humildes que reconozcan su necesidad de Dios. Hacemos bien si no queremos quitarle a ella esa condición, tratándola de una manera que ni Dios le ha dado, ni ella dice tener. (3) María es importante porque nos recuerda las grandezas de Dios: el es el Poderoso, el Santo, y el Misericordioso. Cada una de estos atributos divinos nos ayudan a buscarlo a él y no a nadie más, como el que tiene poder y bondad suficiente para satisfacer nuestras necesidad de salvación. ¡Gracias María por recordarnos esta gran verdad!



viernes, 28 de noviembre de 2014

¡Día de Acción de Gracias!

El día de acción de gracias es una especie de segunda navidad. Se ofrecen gracias cuando nos damos cuenta que se nos ha dado algo que no merecemos, que no hicimos nada para conseguir, o que aunque no esperábamos alguien nos lo ha regalado. Decimos gracias como reconocimiento de alguien que nos ha tratado bien, reconocemos así la amabilidad de alguien para nosotros. 

El "dar gracias" en la Escritura se asocia con el reconocimiento de alguien que ha recibido el favor de Dios. Dar gracias no siempre se distingue de alabar o bendecir al ser divino por lo que ha hecho. El máximo regalo de Dios que no merecemos es la persona de su Hijo, el Señor Jesús. Al inicio de la vida humana de Jesús se habla precisamente en términos del favor de Dios en máxima expresión. Los ángeles lo dicen al afirmar que la venida de Jesús es la "buena voluntad para con los hombres." María será feliz, a pesar de los sufrimientos que su hijo pasará, porque Dios le ha hecho el más grande de los favores, la "ha llenado de su favor y de su gracia." Por eso, ella se goza en Dios "su salvador." Nada en ella "merece" o fuerza la acción de Dios. Por grande que fuese la dignidad o la pureza de un ser creado, nada se compararía con este regalo que el Señor está a punto de darle a ella. Se dará sí mismo como regalo a todos los seres humanos. Ella ha sido favorecida, y así se siente. Por eso, prorrumpe en alabanza, el sublime "Magnificat." Al final de la vida terrena de Jesús, él mismo da gracias al Padre por el cuerpo y la sangre suya, vertida por los muchos. La Escritura misma termina si narración en Apocalipsis encomendándonos al favor de Dios en Cristo. 

Nosotros también reconocemos que el mayor favor que Dios nos ha dado es habernos creado a la imagen de su Hijo. Es en Jesús que nos "movemos." Es solamente por él que podemos decir que conocemos al Padre, él ha querido revelárnoslo.  Él es nuestro salvador, nuestro ejemplo de vida, nuestra compañía permanente, él que nos fortalece, cuyo amor nos "constriñe," nuestra esperanza, nuestro regente, nuestro futuro, el que viene por nosotros... él es nuestro todo. 

Te damos gracias  Dios hoy y siempre porque con Jesús nos has dado todo. ¡Te magnificamos Señor! 

viernes, 8 de agosto de 2014

¿De verdad estás seguro que tu lucha es la lucha de Dios?


Dentro de la iglesia local a veces nos enfrascamos en luchas de todo tipo, y para motivarnos a seguir luchando decimos que estamos peleando por Dios. Decimos que Dios está con nosotros. Aun cuando esto pueda ser cierto en algunas ocasiones, ¿Cómo sabemos cuándo no lo es?  Aquí hay 11 pistas:

1. ¿Me siento bien? Aquí debemos recordar que apelar a cómo nos sentimos no es suficiente. A veces nos podemos “sentir bien,” nuestra conciencia no nos reprende, pero recuerda, Dios es mayor que nuestra conciencia. Hay personas que simplemente les gusta estar en batalla. Son “valientes” y “violentos” en las cosas de la iglesia. “Arrebatan el reino de Dios—mal interpretando ese pasaje. Simplemente no pueden vivir sin conflicto, se alimentan de él, se sienten más espirituales. De este tipo de persona quizá se quejaba el rey David cuando se quejaba de que había vivido mucho tiempo entre ellos (Sal. 120:6). Dios no está con ellos.

2. ¿Lo justo? Tampoco funciona el apelar a un sentido general de justicia. No es suficiente decir que estamos peleando por lo que es justo. A parte de que como humanos, determinar lo que es justo no es muy fácil en determinados momentos. Es cierto que hay muchos absolutos dados por la Escritura, pero frecuentemente nuestros batallas en la vida no traen un verso bíblico pegado a ellas. A veces lo justo es lo que a mi me gusta, la forma en que yo hago las cosas, y aun cuando estas cosas no sean malas en si mismas, Dios no necesariamente pelea por ellas.

3. ¿Los Medios? Además de todo esto, el cristiano debe batallar por la justicia de forma justa también (Efesios 6). Y es aquí en donde la justicia por la que decimos pelear se ensucia. Si ganas una batalla justa por medios injustos no has ganado nada. Los creyentes en Cristo deben aprender a perder batallas justas porque no están dispuestos a usar medios injustos.

4. ¿La forma? Yo diría entonces que para saber si la batalla que estoy batallando es de Dios deben observarse la forma en la que se está librando, las armas que se están usando. Si yo, o  mis militantes están haciendo lo mismo que el “enemigo” no es batalla de Dios. Si el enemigo usa del chisme, la mentira, el prejuicio, la ofensa personal y la difamación, yo no estoy autorizado a hacerlo también. Si lo hago, esta batalla no es de Dios.

5. ¿Consejos? No puede ser la batalla de Dios si aquellos que han estado en el ministerio más tiempo que yo, aquellos que yo he buscado consejo en otras oportunidades, ahora no apoyan mi idea o la forma en que quiero llevarla a cabo.

6. ¿Cuánto tiempo? Si la batalla parece por largo tiempo no avanzar hacia ningún lado, muy probablemente no es de Dios. Batallar dentro de una iglesia local para que haya dos cultos en la mañana del domingo, cuando un significativo número de hermanos de se ha opuesto a esto por años y lo sigue haciendo sin que parezca que vaya a cambiar, es evidencia de que esta batalla no es de Dios. Por lo menos no en esta iglesia.


7. ¿Pero y yo? La batalla no es de Dios si lo que se trata de defender primeramente (por mí o por los que simpatizan conmigo) es mi persona o mi ministerio. No es que mi ministerio o mi persona no sean importantes. Lo que sucede es que en muchos casos las batallas dentro de las iglesias locales fácilmente se vuelven personales. A una buena parte de la  congregación no le gusta mi estilo, mi personalidad, mi predicación, etc. Esto, sin embargo, no significa necesariamente que todos ellos estén en contra del evangelio. Dios no batalla a mi favor si en lugar de diferenciar entre  el evangelio y yo, doy la impresión de que son lo mismo. Si hago que los que me apoyan, me apoyen no hagan la diferencia, o más bien utilizo convenientemente la confusión.

8. ¿Perder es ganar? Según el apóstol Pablo, en lo que concierne diferencias dentro de la iglesia local, la batalla sólo es de Dios si el líder prefiere sufrir la ofensa que ofender, prefiere perder la discusión que causar más división en la iglesia (1 Cor. 1-3). A muchos se les olvida de que no se trata de ganar una elección. Eso es política mundana. De lo que se trata es honrar a Dios, y muchas veces se le honra más cuando perdemos… y preferimos ir a la cruz.

9. ¿Ganando con la “carne”? La batalla es de Dios si aquellos que me apoyan en lugar de ocupar “la carne” en mi defensa, muestran madurez, templanza, y compasión sincera por los que no piensan como ellos. En palabras del apóstol Pablo, no están “envanecidos.” (1 Cor. 4:19; 5:2), llenos de resentimiento para otros, en gritería, contienda, y divisionismo.

10. ¿Indispensable? La batalla no es de Dios si yo me he vuelto indispensable para ella. Si yo soy indispensable, la batalla es mía no de Dios. Dios tiene muchos soldados aunque a veces no los veamos. No soy el único ni el más importante. Sí nadie más excepto yo puede enseñar, predicar o dirigir, algo no está bien. Si sólo yo—o quizá alguno de mis seguidores—tiene el método adecuado de ministerio, entonces muy probablemente Dios no está aquí. Lo más seguro es que la batalla va en camino de fundar una secta que no distingue entre Dios y el ser humano.


11. ¿Sacudiendo mis pies? La batalla no es de Dios si este lugar es el único en el que puedo y debo lucharla. Muchas veces luchamos por algo justo y bueno en medio de gente que no quiere eso. Creo que deberíamos pelear con las armas de Dios por un tiempo específico, no más. Si por años he luchado y las cosas no cambian sino que empeoran, debemos seguir el mandamiento de Jesús: salgan de allí y líbrense de responsabilidad, “sacúdanse los pies.” (Mateo 10:14). Muchas veces, creo Dios ha sacudido los pies a ciertos lugares y nosotros queremos quedarnos neciamente. Existe suficiente espacio en este mundo para pelear por la verdad y el mensaje del que estoy convencido, para seguir luchando en un lugar del que quizá Dios ha salido…

jueves, 22 de mayo de 2014

Fundamentos de Trabajo Pastoral: Lo Central


¿Cuál es el centro del trabajo que se nos ha encargado como pastores del rebaño de Jesús? Según el Señor Jesús, en las palabras a Pedro, en Juan 21, la función principal es apacentar ( griego: "bosque", alimentar). El pastor es principalmente una persona encargada de la dieta con que se alimenta la oveja. En cierta forma esto significa que el pastor es principalmente un dietista. Alguien que sabe como se preparan los alimentos de la oveja, que las guía hacia donde están las aguas y el pasto necesario para la vida. El agua y la vida son metáforas frecuentes de la palabra de Dios. Así entonces, el pastor es alguien que sabe guiar a la congregación a un conocimiento sólido y apropiación personal de la palabra de Dios. Sabe dosificar de la abundancia y riqueza del alimento, y en armonía con el verdadero dueño del rebaño, la carne, la leche, las verduras y los caldos de verdura...

Por supuesto, para alimentar a las ovejas el pastor debe evidenciar su fidelidad a la misma palabra que enseña. Además, para enseñar esa palabra debe saber relacionarse con las ovejas. Solo el pastor cuya voz es reconocida será acogido por el rebaño. No se trata, por lo mismo sólo de lanzar proyectiles retóricos y homiléticos desde el púlpito. Se trata de conocer la palabra y de ser conocido por aquellos que me oyen. Es cierto que la gente gusta mucho del orador por la oratoria en sí misma. Pero que esto no es "alimentar a mis ovejas" se hace evidente en la formación genuina que las personas reciben sólo por buenos oradores. Que esta es muy poca, se hará fácilmente perceptible en la vida real de la iglesia...

Es cierto también que la Palabra tiene poder a pesar de nuestra propia mala disposición a entregarla. Pero debemos reconocer que por causa del predicador o de su deficiente servicio, muchas personas rechazan el alimento. Cuando niño, recuerdo que llegué a aborrecer los caldos calientes que mi mamá preparaba, principalmente porque me los daba casi siempre ¡en los "frescos" mediodías de San Salvador! Y quizá también porque me hacían beberlos a pena de no levantarme de la mesa, sino hasta haber sorbido la última gota del plato.  Ah, cuántas tardes me alcanzaron sentado a la mesa!!

De la misma forma, un mensaje a la fuerza todo el tiempo, no cumple las funciones para los que fue llamado. El mensaje tiene poder para imponerse a nuestras conciencias por sí mismo, pero esto no es igual a decir que nosotros debemos imponer el mensaje. El mensaje tiene poder para hacer milagros al que lo oye, pero no por eso debemos tomar de las orejas a nuestra congregación para que nos escuche. Si no nos quieren oír porque el mensaje les molesta, no es el pastor el que ha de embutirles el mensaje a través de la testarudez. El tipo de predicación que se rechaza por el contenido del mensaje es el que merece que salgamos de allí y sacudamos nuestras sandalias, y no quedarnos porfiando toda la vida. Dios tenga misericordia de aquellos que no aceptan su palabra por esta razón.

Pero también, Dios tenga misericordia del pastor cuyo mensaje es rechazado no por el contenido de la palabra. Es rechazado porque también se le rechaza a él, al pastor. Dios tenga misericordia del creyente que se ha convertido en el obstáculo por el que otros rechazan el mensaje verdadero. Seguir predicando, en este contexto, y sin cambiar nada, no es seguir haciendo lo más importante de la función pastoral. Es seguir haciendo concretamente lo opuesto. Es seguir oponiéndose a que muchos reciban el alimento-palabra que tanto necesitan. Es convertirse en una de esas piedras que, en palabras del Señor Jesús, en las profundidad del mar de la perdición, cuelgan del cuello de tantos pastores y líderes que se convirtieron en tropezadero de muchos pequeños a quienes no les gustaba su caldo...

martes, 6 de mayo de 2014

La Importancia de la Enseñanza de Jesús

Si comenzara esta nota hablando de la importancia de la doctrina Cristiana, probablemente muy pocos seguirían leyendo. La razón se encuentra en la connotación que la palabra “doctrina” ha tomado en círculos cristianos. Para la gran mayoría, la palabra y su contenido se encuentran dentro de esos fríos ambientes de la especulación religiosa que nada tienen que ver con la existencia cotidiana del  humano. Se trata de esas verdades religiosas que por alguna razón los clérigos quieren que todo el mundo memorice, aunque no las entienda.

No quiero darles todas las razones que existen para discrepar de esta idea. Me gustaría sólo apuntar que la palabra que en el Nuevo Testamento se traduce como doctrina es una que significa opinión y enseñanza. Por eso, cuando hablo de la doctrina cristiana sólo estoy pensando en la opinión y la enseñanza de Jesús, el Cristo, sobre algún asunto en particular. A mi me parece importante esto pues este mismo Jesús hace depender toda mi vida de lo que él enseñó. Me dice, por ejemplo, que sus palabras pueden hacer la diferencia entre un futuro venturoso y uno de ruina total (Mateo 7: 24-28). Si habiendo dicho esto, alguien no quiere seguir leyendo, es su problema. Ya el evangelio de Juan nos habla de aquellas multitudes que habiendo oído a Jesús hablar, decidieron partir compañía; las palabras del Nazareno eran muy duras (6:66).

Para aquellos que quieren continuar leyendo, la palabras de Jesús son importantes porque son las palabras de la Palabra de Dios. Jesús mismo es la expresión audible de Dios al ser humano, él es quien siempre ha manifestado a la humanidad cómo es Dios y qué quiere de nosotros. Toda la revelación general divina en la naturaleza, la historia y la conciencia humana son y han sido instrumentos en la boca del Logos (palabra) de Dios). Lo mismo debe decirse de la revelación especial dada en las Escrituras. Estas siempre deben leerse de la mano de Jesús. El promete su ayuda y presencia en esta tarea continua. El significado de lo anterior es que toda nuestra realidad tiene un substrato cristológico. No nos podemos alejar de Jesús aunque queramos.

Las palabras de Jesús son importantes además porque él mismo nos lo dijo. Jesús requiere que todo lo que el enseñó sea transmitido a todos aquellos que quieren ser discípulos (Mateo 28:20ss). Esta inclusividad de las palabras de Jesús debe llamarnos la atención. Nada de lo que él dijo debe pasarse por alto. Todo detalle  es importante. No existe en estas palabras algo que pueda discriminarse cómo innecesario o sin importancia. Todo es vital. Y aun con esto, es significativo que una de las áreas más difícil de la  enseñanza cristiana son los Evangelios. Muy poco se predican. A excepción de pasajes famosos o preferidos, tocados muchas veces fuera de su ambiente literario, muy poco se quiere y se sabe enseñar las palabras de Jesús. En otras palabras, la materia prima con la que un discípulo se hace, se ha descuidado. Un discípulo producido en un ambiente en el que las palabras de Jesús no son su fuerte, es un discípulo, en el mejor de los casos, débil; en el peor, falso.

Además, este contexto hace claro que para Jesús no existe nadie que sea privilegiado para saber más que otros. Todos deben  saber todas las palabras de Jesús, y al hacerlo entrar en el proceso de discipulado. Hoy en día, sin embargo, no sé si esta palabras son las más fácil de digerir. Cuando hablo de privilegio, muchos quizá tendrán en mente que ellos no quieren tal privilegio. Más bien lo miraran como una obligación que sólo los líderes, los pastores y maestros deben atender. Jesús no parece hacer tal separación (como tampoco hizo la separación entre laicos y clérigos, ¡invención demoniaca que ha causado más males que bienes!). Todo discípulo debe ser enseñado en todas las palabras del Mesías.

Sería suficiente tomar una concordancia y revisar todas las virtudes y capacidades que se le adjudican a la palabra de Cristo. Sus palabras son las que nos dan vida, le dice Pedro (Juan 6). Jesús dice que esta palabra es la que nos santifica delante de Dios (Juan 17). Pablo dice que es la palabra de Dios en la proclamación de los apóstoles la que “actúa poderosamente en nosotros (1 Tes 2),” y es útil para perfeccionarnos (2 Tim 3:16-17). En fin, espacio hace falta para declarar cuántas y cuáles capacidades únicas tienen las palabras de Jesús. Sólo un ignorante o un necio se atrevería a negar que esto es lo que se nos enseña, y que muchos de nosotros la hemos visto obrar en nosotros.

¿Cómo sería una reunión cristiana en donde la importancia a las palabras de Jesús fuera lo central? Las reuniones iniciales de los seguidores de Jesús tenían como punto principal oír lo que le maestro decía. Todo lo demás era secundario. Inclusive las otras necesidades humanas, como la enfermedad y el hambre, eran el resultado y venían después de oír a Jesús discurrir sobre el reino de los cielos. Los cantos eran importantes, pero no eran lo primero. Lo primero era que estuvieran saturados de la palabra de Cristo (Col 3:16). Justino Mártir, uno de los discípulos de los apóstoles, nos dice que así lo entendió la más antigua iglesia. Prácticamente todo el tiempo de la reunión dominical se dedicaba a leer y a oír “las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas,” tanto como el tiempo daba. Solo después había exhortación, celebración de la cena, acción de gracias, alabanza y servicio a los demás (I Apología, LXVII).

Permita Dios que antes de la segunda venida de Jesús podamos recobrar este orden y ser consistentes con la importancia  que las palabras de Cristo tienen para su pueblo.



jueves, 16 de enero de 2014

EL DIOS DESMOTIVADO

Dios--"Estoy muy desmotivado"

Creyente--"¿Pero cómo es eso? Tu no te desanimas."

Dios--Eso crees tú, porque no me conoces.

Creyente--"Bueno, yo me llamo creyente porque he leído aquellos versos tan inspiradores en tu libro. ¿Acaso no los escribiste tú?"

Dios—“Sí lo hice, pero no para que lo entendieras como lo has hecho.”

Creyente--¿Y cómo lo he hecho!!!?

Dios—“En primer lugar no los leíste para conocerme a mí. Lo hiciste para sentirte bien tú.”

Creyente—“¿Pero es que acaso tú no dices que quieres mi bien y mi felicidad?”

Dios—“En verdad que sí. Y es precisamente por eso que me siento desmotivado.”

Creyente—“Pero, ¿por qué? No entiendo.”

Dios—“Te di mi palabra para que me conocieras, porque conocerme para ti debería ser tu sumo gozo y felicidad.”

Creyente—“Y??... Yo la he leído… Bueno, a fuerza de ser sincero, ya que a ti no se te puede ocultar nada, debo decirte que aunque he leído muchos de tus versos, no los he leído todos…”

Dios—“Sabes que lo que más me hace sentir desmotivado no es que no lo hayas leído todo. Lo que más me duele es que no lo has hecho porque me ames, aunque dices y, muchas veces cantas que sí.”

Creyente--¿No me digas que tú necesitas que yo haga algo para hacerte sentir bien?

Dios—“Pues claro! ¿O también me vas a decir que porque soy Dios no puedo o debo sentirme bien?

Creyente—“Pues sí, ¿verdad?” jejeje… “Pero, anda no terminaste de decirme por qué estás desanimado, entonces.”

Dios—“Estoy desanimado porque las cosas que te animan, o que crees que te animan, no son las que me animan a mí.”

Creyente—“Aunque eso parece un trabalenguas… creo que te entiendo.”

Dios—“¿De verdad?”

Creyente—“creo que entiendo lo que dices ahora, pero no entiendo por qué las cosas que me animan a mí a ti te desaniman.”

Dios—“Es simple… el tiempo que inviertes en animarte con Cohelo, Osteen, Phil, etc. es sólo fantasía que más temprano que tarde te dejará más desanimado de lo que ahora puedas estar.”

Creyente—“Pero, ¿Cómo puedes decir eso? Las cosas que afirman parecen tan humanas, tan buenas, tan sinceras, y sobre todo, tan cercanas a lo que tú quieres!!

Dios—“mmm… ¿Sabes? Eso es lo chistoso que ni siquiera has leído lo que yo he escrito y tú dices saber ya lo que yo quiero… ¿No te parece que eso es para desanimar a cualquiera, inclusive a mí?

Creyente—“Bueno, pensándolo bien, tienes algo de razón…

Dios—“Pero eso no es todo.”

Creyente—“Ah ¿sí…?”

Dios—“Así están las cosas: Yo te di mi palabra para que me conocieras. El que me conoce tiene vida nueva y eterna. La vida nueva debería ser la más grande motivación que existe, porque en esencia significa estar junto a mí por siempre. Pero tú, no sólo no te interesa conocerme, y por eso no tampoco te interesa mi palabra…

Creyente—“Esto no va terminar bien… ¡me estoy sintiendo mal! … ¿Dónde dejé el libro de Cohelo?!!!

Dios—“Espera un momento… óyeme por favor que te conviene…”

Creyente—“a ver…”

Dios—“Si hubieras meditado en mi palabra, te hubieras dado cuenta que cuando te sientes mal, o algo malo te pasa, es cuando más sientes necesidad de reflexionar sobre el propósito de la vida.”

Creyente—“Si, creo que sí…  pero sigue.”

Dios—“Pues bien, mientras sufres es cuando más cerca estás de entender cuanta necesidad tienes de mí, y cuán sin propósito la vida es sin mi presencia… es cuando te das cuenta que tú solo no puedes, que me necesitas…”

Creyente—“¿Me estás pidiendo que sea masoquista, que me guste el dolor y la pobreza?”
Dios—“Ves, eso es lo que pasa cuando sólo lees a tus motivadores y a tus predicadores de prosperidad! Resultas con medias verdades que terminan ocultándote la verdad…”

Creyente—“Explícame pues…”

Dios—“Si permito el dolor y la pobreza no es porque estos sean buenos en sí mismos. Es porque en tu condición presente, ellos son instrumentos que te acercan a mí, y te hacen buscar mi voluntad.

Creyente—“Sigue por favor.”

Dios—“Lo que te debería hacer seguir adelante no es que no tengas problemas, o que hayas aprendido algunos trucos para superarlos. Lo que te debe animar es la confianza de que las circunstancias difíciles de la vida te acercan aún más a mí.”

Creyente—“…y al acercarte más a ti, encuentro la verdadera felicidad… verdad?”

Dios—“Exactamente!!  Y así demuestras que has entendido el mensaje central que quiero comunicar, y he comunicado en mi palabra.”

Creyente—“Qué es?...

Dios—“Que yo proveí a mi Hijo para que los seres humanos tuvieran el único camino expedito a mí, que reconozcan su condición de desobediencia e incapacidad y que habiendo renunciado a todas las demás formas por las cuales quieren encontrar realización, superación—que  siempre resultan en más alejamiento de todos, y especialmente de mí—me busquen de todo corazón como yo se lo he enseñado en mi palabra. ¡Solo yo puedo darles la felicidad que buscan!

Creyente—“Eso sí no lo sabía!!”

Dios—“Ya ves, el mensaje que tengo para ti no es que en esta vida tengas siempre felicidad, o prosperidad. Creer así oculta y obstaculiza mi verdadero propósito. Yo quiero que el ser humano sea feliz y encuentre salvación, pero no podrá hacerlo si lo que yo he hecho por ellos se sigue mal entendiendo y comunicando.

Creyente—Y ahora entiendo: Te desanimas cuando esto sucede…”

Dios—“¡Por supuesto! ¿No te pasaría lo mismo a ti?

Creyente—¡Estas sí son buenas nuevas!

Dios—“Cuando la entiendes sí que lo son. Pero muchos no querrán reconocerlas porque no quieren reconocer su condición y necesidad espiritual. Tampoco quieren obedecer a mi Hijo. No quieren venir a mí para que yo los perdone y los acoja. Quieren seguir con un mensaje que les predica que yo les voy a dar dinero y prosperidad material si tan solo lo creen, o lo demandan.”

Creyente—“Y supongo que me dirás que no es así, ¿verdad?”

Dios—“Si lees mi palabra, yo nunca he prometido tal cosa. Al contrario, les he advertido a no buscar esto solamente, pues al hacerlo evidencian que yo no soy a quien buscan. Ellos buscan a otro dios, aunque digan mi nombre, el de mi Hijo, o el de mi Espíritu.”

Creyente—“Qué bueno que me has explicado esto. Ahora entiendo tu desánimo. Perdóname por el dolor que te causé con mis tonterías. Mi mayor deseo es conocerte a ti, y gozar de lo que esta relación significa. De aquí en adelante, dedicaré más tiempo para entenderte y no a leer y a escuchar personas que evidentemente tampoco te han entendido.

Dios—“¿Sabes que esas palabras me llenan de gozo? Sí, lo hacen porque veo que has entendido mi propósito y mi mensaje. ¿Quisieras hacer algo más por mí?

Creyente—“Lo que quieras Señor, tu eres mi Dios, a quien sirvo y amo. Sólo espero ese día en que podamos estar juntos sin ninguna restricción…”

Dios—“Ve y diles a muchos más lo que has aprendido…  Eso me dará mucho más gozo…”

Creyente—“Con todo gusto, Señor! … Y en el proceso tengo que botar varios libros…