viernes, 8 de agosto de 2014

¿De verdad estás seguro que tu lucha es la lucha de Dios?


Dentro de la iglesia local a veces nos enfrascamos en luchas de todo tipo, y para motivarnos a seguir luchando decimos que estamos peleando por Dios. Decimos que Dios está con nosotros. Aun cuando esto pueda ser cierto en algunas ocasiones, ¿Cómo sabemos cuándo no lo es?  Aquí hay 11 pistas:

1. ¿Me siento bien? Aquí debemos recordar que apelar a cómo nos sentimos no es suficiente. A veces nos podemos “sentir bien,” nuestra conciencia no nos reprende, pero recuerda, Dios es mayor que nuestra conciencia. Hay personas que simplemente les gusta estar en batalla. Son “valientes” y “violentos” en las cosas de la iglesia. “Arrebatan el reino de Dios—mal interpretando ese pasaje. Simplemente no pueden vivir sin conflicto, se alimentan de él, se sienten más espirituales. De este tipo de persona quizá se quejaba el rey David cuando se quejaba de que había vivido mucho tiempo entre ellos (Sal. 120:6). Dios no está con ellos.

2. ¿Lo justo? Tampoco funciona el apelar a un sentido general de justicia. No es suficiente decir que estamos peleando por lo que es justo. A parte de que como humanos, determinar lo que es justo no es muy fácil en determinados momentos. Es cierto que hay muchos absolutos dados por la Escritura, pero frecuentemente nuestros batallas en la vida no traen un verso bíblico pegado a ellas. A veces lo justo es lo que a mi me gusta, la forma en que yo hago las cosas, y aun cuando estas cosas no sean malas en si mismas, Dios no necesariamente pelea por ellas.

3. ¿Los Medios? Además de todo esto, el cristiano debe batallar por la justicia de forma justa también (Efesios 6). Y es aquí en donde la justicia por la que decimos pelear se ensucia. Si ganas una batalla justa por medios injustos no has ganado nada. Los creyentes en Cristo deben aprender a perder batallas justas porque no están dispuestos a usar medios injustos.

4. ¿La forma? Yo diría entonces que para saber si la batalla que estoy batallando es de Dios deben observarse la forma en la que se está librando, las armas que se están usando. Si yo, o  mis militantes están haciendo lo mismo que el “enemigo” no es batalla de Dios. Si el enemigo usa del chisme, la mentira, el prejuicio, la ofensa personal y la difamación, yo no estoy autorizado a hacerlo también. Si lo hago, esta batalla no es de Dios.

5. ¿Consejos? No puede ser la batalla de Dios si aquellos que han estado en el ministerio más tiempo que yo, aquellos que yo he buscado consejo en otras oportunidades, ahora no apoyan mi idea o la forma en que quiero llevarla a cabo.

6. ¿Cuánto tiempo? Si la batalla parece por largo tiempo no avanzar hacia ningún lado, muy probablemente no es de Dios. Batallar dentro de una iglesia local para que haya dos cultos en la mañana del domingo, cuando un significativo número de hermanos de se ha opuesto a esto por años y lo sigue haciendo sin que parezca que vaya a cambiar, es evidencia de que esta batalla no es de Dios. Por lo menos no en esta iglesia.


7. ¿Pero y yo? La batalla no es de Dios si lo que se trata de defender primeramente (por mí o por los que simpatizan conmigo) es mi persona o mi ministerio. No es que mi ministerio o mi persona no sean importantes. Lo que sucede es que en muchos casos las batallas dentro de las iglesias locales fácilmente se vuelven personales. A una buena parte de la  congregación no le gusta mi estilo, mi personalidad, mi predicación, etc. Esto, sin embargo, no significa necesariamente que todos ellos estén en contra del evangelio. Dios no batalla a mi favor si en lugar de diferenciar entre  el evangelio y yo, doy la impresión de que son lo mismo. Si hago que los que me apoyan, me apoyen no hagan la diferencia, o más bien utilizo convenientemente la confusión.

8. ¿Perder es ganar? Según el apóstol Pablo, en lo que concierne diferencias dentro de la iglesia local, la batalla sólo es de Dios si el líder prefiere sufrir la ofensa que ofender, prefiere perder la discusión que causar más división en la iglesia (1 Cor. 1-3). A muchos se les olvida de que no se trata de ganar una elección. Eso es política mundana. De lo que se trata es honrar a Dios, y muchas veces se le honra más cuando perdemos… y preferimos ir a la cruz.

9. ¿Ganando con la “carne”? La batalla es de Dios si aquellos que me apoyan en lugar de ocupar “la carne” en mi defensa, muestran madurez, templanza, y compasión sincera por los que no piensan como ellos. En palabras del apóstol Pablo, no están “envanecidos.” (1 Cor. 4:19; 5:2), llenos de resentimiento para otros, en gritería, contienda, y divisionismo.

10. ¿Indispensable? La batalla no es de Dios si yo me he vuelto indispensable para ella. Si yo soy indispensable, la batalla es mía no de Dios. Dios tiene muchos soldados aunque a veces no los veamos. No soy el único ni el más importante. Sí nadie más excepto yo puede enseñar, predicar o dirigir, algo no está bien. Si sólo yo—o quizá alguno de mis seguidores—tiene el método adecuado de ministerio, entonces muy probablemente Dios no está aquí. Lo más seguro es que la batalla va en camino de fundar una secta que no distingue entre Dios y el ser humano.


11. ¿Sacudiendo mis pies? La batalla no es de Dios si este lugar es el único en el que puedo y debo lucharla. Muchas veces luchamos por algo justo y bueno en medio de gente que no quiere eso. Creo que deberíamos pelear con las armas de Dios por un tiempo específico, no más. Si por años he luchado y las cosas no cambian sino que empeoran, debemos seguir el mandamiento de Jesús: salgan de allí y líbrense de responsabilidad, “sacúdanse los pies.” (Mateo 10:14). Muchas veces, creo Dios ha sacudido los pies a ciertos lugares y nosotros queremos quedarnos neciamente. Existe suficiente espacio en este mundo para pelear por la verdad y el mensaje del que estoy convencido, para seguir luchando en un lugar del que quizá Dios ha salido…

jueves, 22 de mayo de 2014

Fundamentos de Trabajo Pastoral: Lo Central


¿Cuál es el centro del trabajo que se nos ha encargado como pastores del rebaño de Jesús? Según el Señor Jesús, en las palabras a Pedro, en Juan 21, la función principal es apacentar ( griego: "bosque", alimentar). El pastor es principalmente una persona encargada de la dieta con que se alimenta la oveja. En cierta forma esto significa que el pastor es principalmente un dietista. Alguien que sabe como se preparan los alimentos de la oveja, que las guía hacia donde están las aguas y el pasto necesario para la vida. El agua y la vida son metáforas frecuentes de la palabra de Dios. Así entonces, el pastor es alguien que sabe guiar a la congregación a un conocimiento sólido y apropiación personal de la palabra de Dios. Sabe dosificar de la abundancia y riqueza del alimento, y en armonía con el verdadero dueño del rebaño, la carne, la leche, las verduras y los caldos de verdura...

Por supuesto, para alimentar a las ovejas el pastor debe evidenciar su fidelidad a la misma palabra que enseña. Además, para enseñar esa palabra debe saber relacionarse con las ovejas. Solo el pastor cuya voz es reconocida será acogido por el rebaño. No se trata, por lo mismo sólo de lanzar proyectiles retóricos y homiléticos desde el púlpito. Se trata de conocer la palabra y de ser conocido por aquellos que me oyen. Es cierto que la gente gusta mucho del orador por la oratoria en sí misma. Pero que esto no es "alimentar a mis ovejas" se hace evidente en la formación genuina que las personas reciben sólo por buenos oradores. Que esta es muy poca, se hará fácilmente perceptible en la vida real de la iglesia...

Es cierto también que la Palabra tiene poder a pesar de nuestra propia mala disposición a entregarla. Pero debemos reconocer que por causa del predicador o de su deficiente servicio, muchas personas rechazan el alimento. Cuando niño, recuerdo que llegué a aborrecer los caldos calientes que mi mamá preparaba, principalmente porque me los daba casi siempre ¡en los "frescos" mediodías de San Salvador! Y quizá también porque me hacían beberlos a pena de no levantarme de la mesa, sino hasta haber sorbido la última gota del plato.  Ah, cuántas tardes me alcanzaron sentado a la mesa!!

De la misma forma, un mensaje a la fuerza todo el tiempo, no cumple las funciones para los que fue llamado. El mensaje tiene poder para imponerse a nuestras conciencias por sí mismo, pero esto no es igual a decir que nosotros debemos imponer el mensaje. El mensaje tiene poder para hacer milagros al que lo oye, pero no por eso debemos tomar de las orejas a nuestra congregación para que nos escuche. Si no nos quieren oír porque el mensaje les molesta, no es el pastor el que ha de embutirles el mensaje a través de la testarudez. El tipo de predicación que se rechaza por el contenido del mensaje es el que merece que salgamos de allí y sacudamos nuestras sandalias, y no quedarnos porfiando toda la vida. Dios tenga misericordia de aquellos que no aceptan su palabra por esta razón.

Pero también, Dios tenga misericordia del pastor cuyo mensaje es rechazado no por el contenido de la palabra. Es rechazado porque también se le rechaza a él, al pastor. Dios tenga misericordia del creyente que se ha convertido en el obstáculo por el que otros rechazan el mensaje verdadero. Seguir predicando, en este contexto, y sin cambiar nada, no es seguir haciendo lo más importante de la función pastoral. Es seguir haciendo concretamente lo opuesto. Es seguir oponiéndose a que muchos reciban el alimento-palabra que tanto necesitan. Es convertirse en una de esas piedras que, en palabras del Señor Jesús, en las profundidad del mar de la perdición, cuelgan del cuello de tantos pastores y líderes que se convirtieron en tropezadero de muchos pequeños a quienes no les gustaba su caldo...

martes, 6 de mayo de 2014

La Importancia de la Enseñanza de Jesús

Si comenzara esta nota hablando de la importancia de la doctrina Cristiana, probablemente muy pocos seguirían leyendo. La razón se encuentra en la connotación que la palabra “doctrina” ha tomado en círculos cristianos. Para la gran mayoría, la palabra y su contenido se encuentran dentro de esos fríos ambientes de la especulación religiosa que nada tienen que ver con la existencia cotidiana del  humano. Se trata de esas verdades religiosas que por alguna razón los clérigos quieren que todo el mundo memorice, aunque no las entienda.

No quiero darles todas las razones que existen para discrepar de esta idea. Me gustaría sólo apuntar que la palabra que en el Nuevo Testamento se traduce como doctrina es una que significa opinión y enseñanza. Por eso, cuando hablo de la doctrina cristiana sólo estoy pensando en la opinión y la enseñanza de Jesús, el Cristo, sobre algún asunto en particular. A mi me parece importante esto pues este mismo Jesús hace depender toda mi vida de lo que él enseñó. Me dice, por ejemplo, que sus palabras pueden hacer la diferencia entre un futuro venturoso y uno de ruina total (Mateo 7: 24-28). Si habiendo dicho esto, alguien no quiere seguir leyendo, es su problema. Ya el evangelio de Juan nos habla de aquellas multitudes que habiendo oído a Jesús hablar, decidieron partir compañía; las palabras del Nazareno eran muy duras (6:66).

Para aquellos que quieren continuar leyendo, la palabras de Jesús son importantes porque son las palabras de la Palabra de Dios. Jesús mismo es la expresión audible de Dios al ser humano, él es quien siempre ha manifestado a la humanidad cómo es Dios y qué quiere de nosotros. Toda la revelación general divina en la naturaleza, la historia y la conciencia humana son y han sido instrumentos en la boca del Logos (palabra) de Dios). Lo mismo debe decirse de la revelación especial dada en las Escrituras. Estas siempre deben leerse de la mano de Jesús. El promete su ayuda y presencia en esta tarea continua. El significado de lo anterior es que toda nuestra realidad tiene un substrato cristológico. No nos podemos alejar de Jesús aunque queramos.

Las palabras de Jesús son importantes además porque él mismo nos lo dijo. Jesús requiere que todo lo que el enseñó sea transmitido a todos aquellos que quieren ser discípulos (Mateo 28:20ss). Esta inclusividad de las palabras de Jesús debe llamarnos la atención. Nada de lo que él dijo debe pasarse por alto. Todo detalle  es importante. No existe en estas palabras algo que pueda discriminarse cómo innecesario o sin importancia. Todo es vital. Y aun con esto, es significativo que una de las áreas más difícil de la  enseñanza cristiana son los Evangelios. Muy poco se predican. A excepción de pasajes famosos o preferidos, tocados muchas veces fuera de su ambiente literario, muy poco se quiere y se sabe enseñar las palabras de Jesús. En otras palabras, la materia prima con la que un discípulo se hace, se ha descuidado. Un discípulo producido en un ambiente en el que las palabras de Jesús no son su fuerte, es un discípulo, en el mejor de los casos, débil; en el peor, falso.

Además, este contexto hace claro que para Jesús no existe nadie que sea privilegiado para saber más que otros. Todos deben  saber todas las palabras de Jesús, y al hacerlo entrar en el proceso de discipulado. Hoy en día, sin embargo, no sé si esta palabras son las más fácil de digerir. Cuando hablo de privilegio, muchos quizá tendrán en mente que ellos no quieren tal privilegio. Más bien lo miraran como una obligación que sólo los líderes, los pastores y maestros deben atender. Jesús no parece hacer tal separación (como tampoco hizo la separación entre laicos y clérigos, ¡invención demoniaca que ha causado más males que bienes!). Todo discípulo debe ser enseñado en todas las palabras del Mesías.

Sería suficiente tomar una concordancia y revisar todas las virtudes y capacidades que se le adjudican a la palabra de Cristo. Sus palabras son las que nos dan vida, le dice Pedro (Juan 6). Jesús dice que esta palabra es la que nos santifica delante de Dios (Juan 17). Pablo dice que es la palabra de Dios en la proclamación de los apóstoles la que “actúa poderosamente en nosotros (1 Tes 2),” y es útil para perfeccionarnos (2 Tim 3:16-17). En fin, espacio hace falta para declarar cuántas y cuáles capacidades únicas tienen las palabras de Jesús. Sólo un ignorante o un necio se atrevería a negar que esto es lo que se nos enseña, y que muchos de nosotros la hemos visto obrar en nosotros.

¿Cómo sería una reunión cristiana en donde la importancia a las palabras de Jesús fuera lo central? Las reuniones iniciales de los seguidores de Jesús tenían como punto principal oír lo que le maestro decía. Todo lo demás era secundario. Inclusive las otras necesidades humanas, como la enfermedad y el hambre, eran el resultado y venían después de oír a Jesús discurrir sobre el reino de los cielos. Los cantos eran importantes, pero no eran lo primero. Lo primero era que estuvieran saturados de la palabra de Cristo (Col 3:16). Justino Mártir, uno de los discípulos de los apóstoles, nos dice que así lo entendió la más antigua iglesia. Prácticamente todo el tiempo de la reunión dominical se dedicaba a leer y a oír “las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas,” tanto como el tiempo daba. Solo después había exhortación, celebración de la cena, acción de gracias, alabanza y servicio a los demás (I Apología, LXVII).

Permita Dios que antes de la segunda venida de Jesús podamos recobrar este orden y ser consistentes con la importancia  que las palabras de Cristo tienen para su pueblo.



jueves, 16 de enero de 2014

EL DIOS DESMOTIVADO

Dios--"Estoy muy desmotivado"

Creyente--"¿Pero cómo es eso? Tu no te desanimas."

Dios--Eso crees tú, porque no me conoces.

Creyente--"Bueno, yo me llamo creyente porque he leído aquellos versos tan inspiradores en tu libro. ¿Acaso no los escribiste tú?"

Dios—“Sí lo hice, pero no para que lo entendieras como lo has hecho.”

Creyente--¿Y cómo lo he hecho!!!?

Dios—“En primer lugar no los leíste para conocerme a mí. Lo hiciste para sentirte bien tú.”

Creyente—“¿Pero es que acaso tú no dices que quieres mi bien y mi felicidad?”

Dios—“En verdad que sí. Y es precisamente por eso que me siento desmotivado.”

Creyente—“Pero, ¿por qué? No entiendo.”

Dios—“Te di mi palabra para que me conocieras, porque conocerme para ti debería ser tu sumo gozo y felicidad.”

Creyente—“Y??... Yo la he leído… Bueno, a fuerza de ser sincero, ya que a ti no se te puede ocultar nada, debo decirte que aunque he leído muchos de tus versos, no los he leído todos…”

Dios—“Sabes que lo que más me hace sentir desmotivado no es que no lo hayas leído todo. Lo que más me duele es que no lo has hecho porque me ames, aunque dices y, muchas veces cantas que sí.”

Creyente--¿No me digas que tú necesitas que yo haga algo para hacerte sentir bien?

Dios—“Pues claro! ¿O también me vas a decir que porque soy Dios no puedo o debo sentirme bien?

Creyente—“Pues sí, ¿verdad?” jejeje… “Pero, anda no terminaste de decirme por qué estás desanimado, entonces.”

Dios—“Estoy desanimado porque las cosas que te animan, o que crees que te animan, no son las que me animan a mí.”

Creyente—“Aunque eso parece un trabalenguas… creo que te entiendo.”

Dios—“¿De verdad?”

Creyente—“creo que entiendo lo que dices ahora, pero no entiendo por qué las cosas que me animan a mí a ti te desaniman.”

Dios—“Es simple… el tiempo que inviertes en animarte con Cohelo, Osteen, Phil, etc. es sólo fantasía que más temprano que tarde te dejará más desanimado de lo que ahora puedas estar.”

Creyente—“Pero, ¿Cómo puedes decir eso? Las cosas que afirman parecen tan humanas, tan buenas, tan sinceras, y sobre todo, tan cercanas a lo que tú quieres!!

Dios—“mmm… ¿Sabes? Eso es lo chistoso que ni siquiera has leído lo que yo he escrito y tú dices saber ya lo que yo quiero… ¿No te parece que eso es para desanimar a cualquiera, inclusive a mí?

Creyente—“Bueno, pensándolo bien, tienes algo de razón…

Dios—“Pero eso no es todo.”

Creyente—“Ah ¿sí…?”

Dios—“Así están las cosas: Yo te di mi palabra para que me conocieras. El que me conoce tiene vida nueva y eterna. La vida nueva debería ser la más grande motivación que existe, porque en esencia significa estar junto a mí por siempre. Pero tú, no sólo no te interesa conocerme, y por eso no tampoco te interesa mi palabra…

Creyente—“Esto no va terminar bien… ¡me estoy sintiendo mal! … ¿Dónde dejé el libro de Cohelo?!!!

Dios—“Espera un momento… óyeme por favor que te conviene…”

Creyente—“a ver…”

Dios—“Si hubieras meditado en mi palabra, te hubieras dado cuenta que cuando te sientes mal, o algo malo te pasa, es cuando más sientes necesidad de reflexionar sobre el propósito de la vida.”

Creyente—“Si, creo que sí…  pero sigue.”

Dios—“Pues bien, mientras sufres es cuando más cerca estás de entender cuanta necesidad tienes de mí, y cuán sin propósito la vida es sin mi presencia… es cuando te das cuenta que tú solo no puedes, que me necesitas…”

Creyente—“¿Me estás pidiendo que sea masoquista, que me guste el dolor y la pobreza?”
Dios—“Ves, eso es lo que pasa cuando sólo lees a tus motivadores y a tus predicadores de prosperidad! Resultas con medias verdades que terminan ocultándote la verdad…”

Creyente—“Explícame pues…”

Dios—“Si permito el dolor y la pobreza no es porque estos sean buenos en sí mismos. Es porque en tu condición presente, ellos son instrumentos que te acercan a mí, y te hacen buscar mi voluntad.

Creyente—“Sigue por favor.”

Dios—“Lo que te debería hacer seguir adelante no es que no tengas problemas, o que hayas aprendido algunos trucos para superarlos. Lo que te debe animar es la confianza de que las circunstancias difíciles de la vida te acercan aún más a mí.”

Creyente—“…y al acercarte más a ti, encuentro la verdadera felicidad… verdad?”

Dios—“Exactamente!!  Y así demuestras que has entendido el mensaje central que quiero comunicar, y he comunicado en mi palabra.”

Creyente—“Qué es?...

Dios—“Que yo proveí a mi Hijo para que los seres humanos tuvieran el único camino expedito a mí, que reconozcan su condición de desobediencia e incapacidad y que habiendo renunciado a todas las demás formas por las cuales quieren encontrar realización, superación—que  siempre resultan en más alejamiento de todos, y especialmente de mí—me busquen de todo corazón como yo se lo he enseñado en mi palabra. ¡Solo yo puedo darles la felicidad que buscan!

Creyente—“Eso sí no lo sabía!!”

Dios—“Ya ves, el mensaje que tengo para ti no es que en esta vida tengas siempre felicidad, o prosperidad. Creer así oculta y obstaculiza mi verdadero propósito. Yo quiero que el ser humano sea feliz y encuentre salvación, pero no podrá hacerlo si lo que yo he hecho por ellos se sigue mal entendiendo y comunicando.

Creyente—Y ahora entiendo: Te desanimas cuando esto sucede…”

Dios—“¡Por supuesto! ¿No te pasaría lo mismo a ti?

Creyente—¡Estas sí son buenas nuevas!

Dios—“Cuando la entiendes sí que lo son. Pero muchos no querrán reconocerlas porque no quieren reconocer su condición y necesidad espiritual. Tampoco quieren obedecer a mi Hijo. No quieren venir a mí para que yo los perdone y los acoja. Quieren seguir con un mensaje que les predica que yo les voy a dar dinero y prosperidad material si tan solo lo creen, o lo demandan.”

Creyente—“Y supongo que me dirás que no es así, ¿verdad?”

Dios—“Si lees mi palabra, yo nunca he prometido tal cosa. Al contrario, les he advertido a no buscar esto solamente, pues al hacerlo evidencian que yo no soy a quien buscan. Ellos buscan a otro dios, aunque digan mi nombre, el de mi Hijo, o el de mi Espíritu.”

Creyente—“Qué bueno que me has explicado esto. Ahora entiendo tu desánimo. Perdóname por el dolor que te causé con mis tonterías. Mi mayor deseo es conocerte a ti, y gozar de lo que esta relación significa. De aquí en adelante, dedicaré más tiempo para entenderte y no a leer y a escuchar personas que evidentemente tampoco te han entendido.

Dios—“¿Sabes que esas palabras me llenan de gozo? Sí, lo hacen porque veo que has entendido mi propósito y mi mensaje. ¿Quisieras hacer algo más por mí?

Creyente—“Lo que quieras Señor, tu eres mi Dios, a quien sirvo y amo. Sólo espero ese día en que podamos estar juntos sin ninguna restricción…”

Dios—“Ve y diles a muchos más lo que has aprendido…  Eso me dará mucho más gozo…”

Creyente—“Con todo gusto, Señor! … Y en el proceso tengo que botar varios libros…



lunes, 2 de diciembre de 2013

Fundamentos de Teología y Vida

Lo que sigue es una serie de "trompetazos" porque todos ellos merecen atención detenida y especial. Todos juntos forman parte de nuestra vida como evangélicos. Muchos más pueden agregarse, pero en mi reciente contexto estos son de mucha importancia.

Fundamento de Fundamentos: Mi hermano murió trágicamente, yo fui el que lo conduje a su muerte. Soy un salvadoreño que causó la muerte de otro ser humano. Su cuerpo quedó irreconocible y el mío también. No, no conducíamos un porche, pero el cielo con su partida no ganó a otro ángel, ganó al Rey del Universo, y por causa de él a un hijo de Dios.

Fundamentos de Espiritualidad: Por haber pasado por tiempos sumamente críticos de pobreza, de enfermedad, de violencia, o de injusticia, algunos de nosotros a veces hemos creído que podemos despotricar contra toda convicción sobre Dios, Jesús, la Escritura, la iglesia. El Jesús del evangelio de Marcos nos enseña todo lo opuesto. Confiar en Dios aun colgando sobre la cruz, y citar la Escritura aun cuando todos se burlan de él, y llegar así hasta la muerte, es lo que al centurión lo lleva a exclamar: "verdaderamente este era Hijo de Dios."

Fundamentos de Eclesiología. De la misma forma en que el hecho de que Jesús vino a morir no salva del juicio divino al que lo entregó, de esa misma manera el hecho de que la iglesia ha sobrevivido y sobrevivirá por la gracia de Dios tampoco le quita el juicio a aquellos líderes que no la han cuidado como deben, por ignorancia, negligencia, o simplemente pecado.

Fundamentos de Teología Sistemática: La lectura diaria de la Biblia. Entre los propósitos que tienes para leer una y otra vez las Escrituras están que llegues a tener una idea correcta de toda la historia que te narra, que logres colocar todos sus eventos en su orden correctos, que logres hacer todas las correctas conexiones entre todos estos datos, a fin de que puedas sintetizar todo lo que se te dice y llegues a entender su esencia para que al final apropies esa enseñanza como tuya y te unas a ella y al propósito de Dios...

Fundamentos de Evangelización: La evangelización no es el resultado principalmente de nuestra alegría como creyentes (contra Francisco). Es más bien resultado de haber sido confrontados con el duro "arrepentíos" y convertíos" de Jesús, cuando nos hemos sometido a su voz soberana, cuando cambiamos ante ella y por ella, cuando le seguimos sólo él; sólo en ese proceso de obediencia nos convertimos en verdaderos "pescadores de hombres." Marcos 1:14-17 y par.

Fundamentos de Espiritualidad: La arrogancia de la ignorancia supera con creces a la de la educación. La arrogancia que se disfraza de humildad es mucho mas dañina que la otra porque no la alcanzas a notar sino hasta que es muy tarde.

Fundamentos de Teología: Muchas preguntas no contestadas durante los años de estudiante se convierten luego en las excusas que el pastor usa para criticar y a veces abandonar la doctrina del Nuevo Testamento. La falta de convicciones de muchos líderes de hoy tienen sus raíces en una educación bíblica superficial, causada a veces por malos maestros, o a veces por malos alumnos.

Fundamentos de Teología: Nuestra reacción virulenta a muchos de aquellos que critican nuestra mala teología frecuentemente tiene raíces en nuestra carne herida y opuesta a la espada del Espíritu. Es la hybris humana disfrazada de dignidad, misticismo, y hasta de espiritualidad la que grita y ofende a aquellos que nos denuncian. Como babosa cuando le echan sal, se retuerce porque el Espíritu convence de pecado...

Fundamentos de Soteriología (Salvación): La solución para los problemas del ser humano no se encuentra en animarlo a pensar en lo capaz o en lo bueno que es. Esto es típico del pensamiento secular, y de la teología de la prosperidad (e.g., Joel Osteen, Cash Luna), es decir del mundo. Pero, la Escritura dice otra cosa: "La persona que entiende el mal en su propio corazón es la única persona que es útil, fructífera, y sólida en su fe y obediencia. Otros sólo se engañan a sí mismos y así trastornan familias, iglesias, y todas las demás relaciones. En su orgullo propio y su juicio de otros manifiestan gran inconsistencia." John Owen, Sin and Repentance, 29.

Fundamentos de Soteriología: Celebrar la vida del Salvador es celebrar nuestra propia vida. Sin él, como el hombre de Tarso lo dijo, estábamos muertos, sin Dios, sin esperanza, flotando en la corriente que por inercia se escurría inexorablemente hacia la destrucción total…

Fundamentos de Bibliología: Puedes tener mucha religión cristiana y ser próspero hasta el punto de nadar en dinero, y al mismo tiempo puedes estar tan perdido y sin dirección de Dios como Israel antes de Josías. El mismo liderazgo y templo habían sepultado en dinero hasta olvidar el libro de Dios... Dios les dará juicio severo...! 2 Crónicas 34-36.

Fundamentos de Pneumatología evangélica: El Espíritu Santo viene sobre sus santos para que sean valientes en denunciar la falsa religiosidad, la idolatría y la injusticia de los que pretenden ser hijos de Dios, y para que puedan soportar si es necesario el martirio a manos de estos. "Jehová lo vea y lo demande." 2 Crónicas 24:17-22.

Fundamentos de Pneumatología evangélica: El Espíritu Santo no solo nos ORDENA evaluar a los que pretenden ser siervos y resultan ser falsos profetas, sino que también nos dice COMO evaluarlos: Los que no hacen de la revelación histórica de Jesús lo central--más bien priorizan otras revelaciones y distorsionan la enseñanza apostólica-- deben ser desechados como suplantadores del Señor. I Juan 4:1-5.


Fundamentos de Pneumatología evangélica: La función principal del Espíritu Santo, como su nombre lo indica, es transformarnos a la imagen del Santo, y lo hace a través de ayudarnos a luchar con toda nuestra alma, corazón y mente contra la ley del pecado que mora en nosotros. Es así que él mismo nos ayuda a amar a Dios, de la misma forma, mientras clamamos: ¡Abba, Padre!